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domingo, 16 de mayo de 2010

La esencia de la religión.

La decadencia de las ideas religiosas tra-dicionales, los dogmas, es un hecho. Pese a ello, el problema del papel que desempeña la religión aún no ha sido resuelto. Puesto que las creencias no son del todo conocidas, suelen permanecer ocultas, puede que no sea la fe, sino el sentimiento lo que hace la religión; sentimiento introducido en las creencias, aislado del intelecto, resulta el factor determinante de la acción.

El alma humana es una extraña mezcla de Dios y bruto, el campo de batalla de dos naturalezas: la individual (finita y egocéntrica) y la universal (infinita e imparcial).

La vida finita está vinculada al cuerpo y concibe el mundo desde el aquí y el ahora, vida instintiva, las cosas prestan un servicio al yo. Impelido por el instinto de conser-vación, levanta muros alrededor de la parte infinita.

La parte infinita no elige un punto de vista para el mundo, sino que brilla en su imparcialidad, es elevado. Es imparcial, y por serlo encuentra la verdad cuando actúa; y el amor universal cuando siente. Es el principio de unión en el mundo. Una vida en la que predomina esta intuición parece a salvo del conflicto, en armonía con el todo, libre de las prisiones amuralladas que constituyen los deseos instintivos del yo finito.

Esta experiencia de una sabiduría repentina es la fuente de lo esencial para la religión. El misticismo interpreta esta experiencia como el contacto con un mundo más profundo, ve la gloria de Dios. Con esta interpretación el misticismo reduce el valor de la experiencia que lo sostiene. La cualidad de infinitud que sentimos no se justifica por la percepción de nuevos objetos distintos a los que suelen parecernos finitos, sino por una forma diferente de mirar esos mismos objetos, más impersonal, más amplia. No es otro mundo donde hemos de buscar esa paz y esa belleza, sino en el mundo actual y cotidiano, en medio de la acción y las ocupaciones de la vida.

La transición de la vida del yo finito a la vida infinita en el todo exige un momento de rendición absoluta del yo, en el que cesa toda voluntad personal y el alma se siente pasivamente entregada al universo.

La visión contemplativa que trae consigo la religión y el amor universales se produce tras la suspensión de la voluntad. Dejamos la lucha por algún bien particular y no lo sustituimos por otro. El alma ya no busca imponerse al mundo, sino que se abre a toda impresión que le llega de aquél.

Esta rendición del yo, será más fácil, en algunas personas, mediante la fe en algún Dios infinitamente sabio, hacia el cual la sumisión se presenta como un deber. Sin embargo, no depende esencialmente de esta creencia ni de ninguna otra. De ahí que quienes no acepten los antiguos credos, pero continúan pensando que la mentalidad religiosa requiere el dogma, pierdan lo que es infinito en la vida y vean limitados sus pensamientos a los asuntos cotidianos. Su concepción se hace más pobre y su vida se empequeñece; y para actuar correctamente se ven obligados a depender de una moral, pero la simple moral es un instrumento inadecuado para los que padecen hambre y sed de infinitud. De ahí la importancia fundamental de conservar la religión, con independencia de unos dogmas.

Hay en el cristianismo tres elementos que sería conveniente conservar en la medida de lo posible: la adoración, la aquiescencia y el amor. Adoración es lo que se ofrece a Dios; aquiescencia es lo que se ofrece a lo inevitable por ser voluntad divina; amor, lo que impone hacia el prójimo; este amor, por universal y no obstante intenso, depende en cierta forma de la adoración y la aquiescencia; y las tres dependen de la fe en Dios, por tanto son imposibles para quienes no puedan compartir esa creencia.

La adoración cambia y se desarrolla según el sujeto adorador, desde los más rudimentarios inspirados solo por el temor y la consagración a lo que es poderoso. Pero el elemento temor tiende a ser desplazado cada vez más por el amor, hasta desaparecer en las formas más elevadas de adoración, contemplación gozosa de lo venerado. Contemplación gozosa, reverencia y sentido del misterio parecen esenciales para cualquier forma de adoración.

Tipos de adoración: Selectiva, exige un objeto bueno y admite una actitud de oposición hacia un objeto malo. Imparcial, adoración a todo lo que existe, a despecho de su bondad o maldad.

Otra división: Adoración de lo real, dirigida a un objeto existente; y adoración ideal, que se consagra únicamente a lo que pertenece al mundo de las ideas. Ambas se combinan en la adoración a Dios, porque a Dios se le concibe al mismo tiempo como realidad y como encarnación absoluta del ideal.

La adoración a Dios es selectiva, se le adora por ser bueno; también a los grandes hombres y a los grandes hechos, y a todo lo que somos capaces de adorar porque alguna cualidad superior despierta en grado sumo nuestra admiración. Para los que no sustentan la fe en un Creador omnipotente o en una unidad espiritual de tipo panteísta que penetra en todas las cosas, la adoración selectiva sólo encuentra su objeto pleno en el bien ideal. El bien ideal constituye una parte esencial de la vida religiosa, porque proporciona los motivos para actuar, dotando de contenido el deseo de bien universal que forma parte del amor universal. La encarnación del bien, en cualquiera de sus formas, es imperfecta en este mundo, aunque sólo sea por su brevedad; no exige la rendición ante el poder, el sacrificio de la aspiración a la posibilidad, la sumisión del pensamiento a los hechos.

La adoración de todas las cosas que existen no debe ser selectiva, no debe implicar juicio alguno sobre la bondad de lo adorado, sino que ha de consistir en una emoción imparcial; se profesa a través de la visión contemplativa, que encuentra alegría y misterio en todo lo existente, y trae consigo amor a todo lo que vive. Esta adoración no exige la fe en Dios; no implica juicio alguno de ninguna clase, por tal razón no puede ser intelectualmente errónea ni depender de dogma alguno. La combinación de este tipo de adoración con el bien ideal produce una fe completamente independiente de las creencias sobre la naturaleza del mundo real, de ahí su inmunidad a los argumentos que han destruido los principios de la religión tradicional.

La religión es el resultado de combinar dos formas distintas de adoración: la selectiva, que se profesa al bien por su bondad, y la imparcial, que se profesa a cuanto existe. La primera es fuente del teísmo; la segunda lo es del panteísmo, pero en ambos casos lo imprescindible es la fe en la que le da origen. El objeto de la adoración selectiva es el bien ideal que pertenece al mundo de los universales; este objeto no necesita existir, aunque será parte esencial de la adoración que desea que el objeto exista con la mayor plenitud posible. El objeto de la adoración imparcial es todo lo existente; aunque se sabe que el objeto existe, se ignora si es bueno, pero es parte esencial de la adoración desear que sea lo mejor posible.

La acción religiosa es un continuo esfuerzo por cruzar el abismo que separa los objetos de ambas formas de adoración, haciendo que exista más bien y confiriendo a la existencia de mayor bondad.

La aquiescencia: El cristianismo proporciona la capacidad de aceptar el mal que, puesto que éste se ajusta a la voluntad de Dios, no puede ser en realidad un mal. Planteamiento que impone una falsificación de nuestros modelos de mal y bien, pues mucho de lo que existe es malo para una consideración objetiva. Destruye las motivaciones que justifican la acción, pues la razón de la aquiescencia, esto es, que todo ocurre para lo mejor, hace superfluos nuestros esfuerzos por mejorar, limitaríamos la omnipotencia o la bondad de Dios. Por tales razones, aunque el cristianismo resulta con frecuencia eficaz tanto para estimular la aquiescencia como para proporcionar un motivo religioso a la acción, esta eficacia se debe a una confusión del pensamiento, y tiende a debilitarse a medida que el hombre es más clarividente.

Formas de aquiescencia: Atañe a nuestros conflictos privados, que llega con la sumisión que acompaña al nacimiento de la voluntad imparcial. La vida privada, cuando absorbe nuestros pensamientos y deseos, se convierte en una cárcel de la que sólo la sumisión nos permite escapar en los momentos de infortunio. La aquiescencia no consiste en creer que las cosas son malas cuando en realidad no lo son, sino en liberarse de la cólera, la indignación y la culpa. La aquiescencia es, al mismo tiempo, causa y efecto de la fe, tanto si ésta no acepta el dogma como si se basa en la creencia en Dios; por ello, descansa también en la disciplina moral, es decir, en la supresión del yo y sus exigencias, necesarios para vivir en armonía con el universo y elevarlos desde lo finito hasta lo infinito. La disciplina ha de ser mucho más rigurosa con un dogma optimista, pero también son mayores sus resultados, más inquebrantables, más capaces de ensanchar los límites del yo, preparándolo para recibir como amor el bien o el mal que pueden derivarse de él.

El amor es de dos clases: amor terrenal selectivo, que se brinda a lo que es hermoso, bueno o placentero; y amor celestial e imparcial que se brinda a todos indistintamente. El terrenal selectivo se equilibra con un odio opuesto, introduce desunión. El amor celestial, no requiere un objeto placentero, hermoso o bueno, se brinda a todo lo que vive.

Para el cristianismo, los dos grandes mandamientos son el amor a Dios y a los hombres. Pero ambos difieren, por un lado en que nada podemos hacer por Dios, y por otro, en que no podemos considerar al hombre completamente bueno. El amor a Dios es más contemplativo, y consiste en la adoración, mientras que el amor a los hombres es más activo y consiste en el servicio. En una religión no teísta el amor a Dios se sustituye por la adoración al bien ideal.

Aquiescencia, adoración y amor están íntimamente relacionados, forman una unidad en la que es imposible establecer un orden. Pueden existir sin necesidad de dogmas.

La religión extrae su fuerza de su capacidad para ofrecer un sentido de unión con el universo; y esto es posible sin dogma.

La esencia de la religión consiste, pues, en someter la parte finita de nuestra vida a su parte infinita.

Grupo Volia - FAI

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