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domingo, 4 de julio de 2010

Pederostias.

Quito la “h” porque es una letra muda y no se pronuncia. Hay muchas otras letras mudas, impronunciables, “secretum pontificium”, dentro de la Jerarquía de la Iglesia Católica. En el caso de la pedofilia protagonizada por algunos religiosos, curas y obispos, prefiero el término pederostias a pederastas. Éste está compuesto de dos palabras griegas: paidion (niño) y eros (deseo) Hostia, sin embargo, viene del latín víctima, animalito destinado a la inmolación. El origen es el verbo hostire, que significa herir, golpear. De hecho “darle a uno una hostia” o las recibidas por estos inocentes por parte de un sector del clero, no tiene nada que ver con la “Sagrada Forma”, sino con el significado de ese verbo. Como estamos ante un abuso, creo que es más adecuado hablar de pederostias y no de pederastas. Es decir, la pederostia sería la acción de herir sexualmente a un niño al que se convierte en víctima.

La Jerarquía de la Iglesia sólo parece hablar de caridad y perdón como respuesta ante este crimen, ignorando que es la justicia la que tiene la palabra. La entidad que virtualmente sucediera al Imperio Romano no ha asumido aún como objeto de culto, una de las aportaciones de aquél a la humanidad, el Derecho. Quizá por demasiado humano ya que la Justicia divina debe ser otra cosa, o porque el cuerpo místico esté por encima del sexo. Sin embargo, lo que ya no son casos aislados sino una costumbre bien documentada, apunta cada día más a La Haya y a sentar ante los Tribunales de la Justicia Universal como responsables subsidiarios, al Vaticano y al representante de esta monarquía teocrática, el propio Benedicto XVI.

Hubo un tiempo en que la Iglesia Católica tuvo su oportunidad. Pero el “agiornamento” que supuso el Vaticano II, fue reprimido por una extrema derecha religiosa que vive ideológicamente entre la Inquisición (Santo Oficio, Congregación para la Doctrina de la Fe) y el Fascismo. La consecuencia, la persecución en la Iglesia de las mentes más lúcidas y la estigmatización de todos los movimientos de renovación religiosa como la Teología de la Liberación o el descarado apoyo a sectas como el Opus Dei o los Legionarios de Cristo. Mientras, todo un corpus ideológico proto-medieval se apoderaba de las estructuras de poder, haciendo que cualquier parecido con el origen de esta religión fuera pura coincidencia. En el corazón de la Instrucción del actual Papa Benedicto XVI, es notoria la ausencia de diálogo y el ataque a toda religión que no sea la católica (judíos, protestantes, ortodoxos, indígenas), el abandono de los pobres en aras de la teología neoliberal de mercado, y la advertencia sobre “los riesgos de desviación”, propia de los totalitarismos nazis o estalinistas que se creen en posesión absoluta de la verdad. En el basurero de la única religión con Estado, Guardia Nacional, Bandera o Banca propias, la pederostia sobresale como la punta de un iceberg más profundo y reflejo de una moral enfermiza, instalada en el delito permanentemente ocultado. Pero sobre todo, como postal ideológica de la contrarreforma contra el Vaticano II emprendida por el Cardenal Ratzinger similar a la acontecida en el Concilio de Trento (1545-1563).

La anacrónica Ley del Celibato es algo antinatural. Una norma impuesta y nada que ver con la religión. Sólo rige para sacerdotes católicos, no para otras religiones cristianas. No existía antes del año 1000, y es a partir del siglo XI cuando se impone en Occidente por influencia de algunos monjes, y del Papa Gregorio VII (reforma gregoriana) Está en relación directa con la demonización de la mujer en la Iglesia (Ley del Celibato, Concilio de Roma 1.074), o con el Papa como poder absoluto en la Tierra y que no se equivoca jamás (“Dictatus papae 1.075). Sin embargo, independientemente que el celibato influya o no en la pederostia, ésta lleva implícita una actitud de dominio similar al perfil del violador y que se da también en otros sectores. La diferencia es que la Iglesia se ha convertido en su protectora, cobijándola bajo su seno y al margen de la ley. Mientras predicaba todo lo contrario.

Agapito de Cruz Franco

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